Los Hablados
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Ser escrito

La normalidad.
Salía de clases caminando veloz al igual que el resto de alumnos y maestros que ansiaban llegar lo antes posible a sus casas, pero se detuvo de manera súbita a pocas cuadras y se sentó en un cordón. Sacó un cuaderno y empezó a escribir. Los chicos rudos del curso miraban al pasar mientras iban en grupo sacando pecho, fumando, actuando como si realmente alguien pudiera tenerles miedo. No dijeron nada. Siguieron su camino.
Pasó la chica que le gusta, con la cual jamás consiguió cruzar palabras más que las suficientes para cuestiones que brindaba el azar al combinarse con el ámbito académico. Parecía un manojo de nervios, escribía y tachaba con furia. La chica simuló detener la marcha para mirar la vidriera de una tienda de ropa de bebés y asomar la mirada a donde estaba sucediendo la escena.
El chico que le gusta también estaba por acercarse; con él nunca hubo charla por pequeña que sea. Tampoco pasó por la experiencia de sentirse bajo su mirada. Venía caminando y desde algunos metros ya se oía la furia de la lapicera rayando la hoja. Se detuvo frente a una mercería por poco creíble que resulte su interés frente a los ovillos de lana y carreteles de cinta a mirar de reojo qué sucedía allí. Los rayones continuaban sonando. Escribía, tachaba, rompía, volvía a escribir...
La parejita de novios del curso venían de la mano recordándose entre ellos que se aman. Iban juntos, como siempre. Para ellos parecía ni existir. Tal vez por el acmé del amor y la pasión que los desbastaba y los acogía a la vez. Caminaban despacio. Asomaban la cabeza intentado mirar qué había detrás de tanta euforia. Se sentaron cerca sobre un escalón a ver cómo continuaría la situación.
Seguía escribiendo y se escuchaba respirar. Temblaba y, de vez en cuando, soltaba algún gemido.
Pasó la sabionda del curso, se detiene de un sopetón y, en su afán de bien obrar, no sabe si acercarse a preguntarle si se encuentra bien. Duda un poco hasta que, finalmente, decide quedarse espectante parada junto al árbol frente a la mercería. Todos se miran extrañados.
Iba por la hoja número 20. Escribía, tachaba, rompía... Cada vez más fuerte se oía la agitación.
Pasó uno de los galanes del grupo. Nadie caminaba esa cuadra más de donde su curiosidad lo permitía. El galán se acerca a la chica estudiosa. Se miran los seis.
Termina con un grito de furia que daba énfasis a la violencia con la que cerró el cuaderno. Lo arroja al piso y de una patada lo hace llegar a la cuadra de en frente. Se fue así con los nervios de punta. Todos corrieron hacia donde había ido a parar ese cuaderno. La pareja se había soltado las manos, el resto fue también por su cuenta a buscar lo que tanto los había atrapado. Casi los pisa un auto, se llevaron por delante a un señor que andaba por ahí, otro pisó sin querer a un perro... Seis manos al mismo tiempo recogieron el nuevo santo grial. Lo tironearon cada uno hacia su lado. Hubo golpes, caídas, empujones... Al rato se tranquilizaron. Se amontonaron de manera que todos podían ver qué había dentro.
"¡Todos mamarrachos!", exclamó uno " ¿Qué es esto?", "¡Claramente está mal de la cabeza". Comentarios de este tipo, de rabia y frustración abundaban. Una hora y media habían estado mirando con curiosidad a una persona hacer sólo mamarrachos; llenar un cuaderno de rayones mientras se le aceleraba el pulso y la respiración, mientras temblaba y jadeaba. Hora y medía observando, y media hora para llegar al cuaderno. Algunos tenían raspones en los brazos, otros se habían despeinado, otro contaba con la posibilidad de haberse esguinzado; en la pareja parecía haberse tensado la relación. Tiraron por ahí cerca el cuaderno después de haberlo revisado cuatro veces, del derecho, del revés, en vertical... No había caso. No encontraron nada. Se miraron los seis y comentaron " No está bien de la cabeza". Se sacudieron la ropa y siguieron su camino respondiéndose mentalmente "No, no es una persona normal".

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Cuentos y relatos donde cada personaje arma una historia dentro de la historia.


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